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martes 8 de junio de 2010

Relato de Tersícore

Monteverdi es su compositor favorito. Viene al Teatro Real el mejor director de orquesta especialista en él, con una producción excelente del grupo operístico que el propio director ha impulsado.
Ángel, melómano exquisito, anhela sorprender a su amiga Ana (ex -compañera muy amada aún).
Lleva todo el año tras unas entradas a la ópera, para el mejor evento, éste, tal como él lo valora.
Han sido muchos meses de búsqueda, tocando muchos palos y ahora, por fin, ha cuajado su empeño-cuasi imposible, dado que el Teatro Real prácticamente se financia con los abonos anuales-.
No obstante ¡Lo ha logrado!
Gracias a la amistad de su sobrina Lidia con una encargada de taquillas.
Me llama, un tanto lacónico pues las entradas en palco que le han facilitado describen muy claro: Escasa o nula visibilidad.
Yo intento disuadirle:- Recuerda, Ángel, que hace años lo pasamos requetefatal en unas butacas similares. Mira- le intento persuadir- la ópera es un espectáculo integral; no merece la pena ir a sufrir de esta manera. Y menos, un melómano como tú. Piénsatelo, te lo agradezco infinito, pero es más sabio renunciar a algo que no te va a llenar en plenitud.
Ángel decide sopesarlo, atendiendo a mis reflexivas argumentaciones.
Pasan unos cuantos días y me vuelve a llamar: -Anuski, he logrado unas entradas en un palco con visibilidad. Ya conoces mi tenacidad.
-Ah, pues muy bien, de acuerdo, estupendo, quedamos para el viernes ¿Vale? Eres divino, mi niño. Estamos de enhorabuena, ¡Hasta pronto!- y así me despedí de él, agradecida y muy sorprendida de sus esfuerzos, teniendo en cuenta su escasísima economía de pensionista por enfermedad crónica.
Ángel es un gran luchador (me quedo sintiendo); busca, busca sus habichuelas artísticas-melómano ultrasensible donde los haya-. No ceja en su empeño cuando se propone alcanzar una meta que le apasiona completamente. ¡Remueve Roma con Santiago si es preciso!
Pasan dos días y allá que me voy, toda guapa, elegante y acicalada para tan extraordinaria ocasión.
¡Me voy a la ópera con el mejor acompañante que se pueda soñar!
Me encuentro con él en Plaza de España más guapo y sonriente que un pincel postinero.
Nos abrazamos fuertemente, felices de este reencuentro.
Nos encaminamos hacia el Teatro Real de Madrid, bastante emocionados, para llegar a tiempo, como unos marqueses.
Hace una tarde radiante. Pedimos que nos fotografíen para inmortalizar este momento, más resueltos que Nerón y Poppea (protagonistas humanos de esta ópera: La incoronazione di Poppea) en gozar de la vida.
Y cuando ya nos toca entrar y que nos instalen en nuestros asientos, en tan espléndido teatro, entonces es cuando Ángel me comunica y me conmueve profundamente:-Anuski, te tenía reservada esta sorpresa: ¡Vamos al patio de butacas! Milagros, mi enfermera amiga me las ha cedido. Ella las ha conseguido a través de un amigo médico suyo. ¡Y en su enorme generosidad, nos las cede, con su desprendimiento y humor, tan característico!
¡Oh, mon Dieu! ¡Vaya sorpresón! Ángel de mis entretelas-contesto yo, con los ojos y el corazón más abiertos y risueños que una niña ante un hada.
Y siento, con un temblor en mis entrañas, como en aquella película de mi admirado Emir Kusturica, que : La vida es un milagro.
Y cual reyes en su trono, orondos y lúcidos, nos extasiamos en este magnífico lugar, El Teatro Real para contemplar y degustar - con sumo deleite- de la mejor ópera de las escasas que se salvaron, del gran maestro Claudio Monteverdi.
La vida, como siempre, misteriosa, abundante y generosa para el que expande su conciencia y sus poros a ensalzarla nos brinda este plato de gourmet.

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