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viernes 18 de junio de 2010

Relato de Jzus

En un sábado soleado, Mario se levanta a media mañana y decide ir a la biblioteca a devolver unos libros. De camino, piensa que ya no encuentra libros que le enganchen como antes, o por lo menos, le despierten cierta inquietud. Quizás sea por una sensación de monotonía, o quizás se esté volviendo un vago y no haga nada porque su día a día cambie aunque sea un poco.
Mañana, Mario cumplirá 39 años y no tiene ganas de reunirse con la familia como suele hacer siempre, además de tener que sonreír y sentirse afortunado por otro año más que sus ojos pueden vislumbrar. Pero reconoce que sus familiares siempre le han ayudado en momentos difíciles y sin ellos por ejemplo, no podría haberse independizado y estar viviendo él solo en su modesto pisito. Esto es algo que siempre había deseado pero que últimamente le entristecía, ya que el hecho de llegar a casa y nunca haber nadie le provocaba cierto vacío, cosa que le hacía recordar aquellos años en que entraba por la casa de sus padres y siempre había alguien que le decía algo, aunque fueran riñas por sus pelos o su ropa. Y esos recuerdos le arrancaron una risita nostálgica, que por un momento le hicieron olvidar a esa sutil pero letal soledad cada vez más asentada, que ningún libro era capaz de hacerla desaparecer.
Con las mujeres Mario no fue muy decidido y pensaba que se le había pasado el arroz. Hace diez estuvo con una chica, pero se dio cuenta que no estaba enamorado y decidió zanjar el asunto. Anteriormente había estado profundamente enamorado de una compañera de facultad, pero la cosa no cuajo. Así que Mario decidió pasar de las mujeres.
A Mario, le llamaba la atención ciertos temas existenciales como ¿Quiénes somos?, ¿Qué ocurre en nuestra mente?, y últimamente ante su soledad y monotonía este tipo de preguntas estaban tomando una mayor inquietud en él.
La noche anterior al sábado que acudió a la biblioteca, Mario se sentó frente al televisor y casualmente se encontró con una de esas pelis españolas que parecen no tener sentido, pero que al día siguiente volviendo de la biblioteca se le vino a la cabeza, y como en aquella película “un banco en el parque”, decidió sentarse en un parque a reflexionar, no sobre su futuro amoroso, sino de su yo y su circunstancia, lo cual le hacía sentirse como un chiflado.
Observando a la gente, vio paseando a una joven pareja muy acaramelada que varios metros por detrás de ellos se encontraba su hijo de unos tres años, jugando despreocupado con su nueva pelota. En unas de sus carreras el peque cae al suelo dándose un buen golpe, lo cual provoca que rompa a llorar. Casualmente, un abuelete que pasaba por allí andando enérgicamente, se detiene ante el pequeñín y le tiende su mano con una tierna sonrisa, de repente, los llantos del niño desaparecen y tras unos segundos de sorpresa la pequeña manita decide coger ese gesto de ayuda en el cual se podía entrever una sincera amabilidad. Los padres ante el primer sollozo de su criatura observaron desconcertados lo sucedido y posteriormente agradecieron al caminante de cierta edad lo que había hecho.
Todo esto le hizo pensar a Mario sobre la manera que tenía de ver su vida. Quizás podía dejar un poco de lado sus pensamientos y tristezas un tanto egoístas y ofrecer algo a los demás pero sin grandes heroicidades, simplemente pequeñas cosas como una sonrisa, una mano de ayuda, una palabra de ánimo en esos momentos difíciles por los que todos a veces pasamos, es decir, esos pequeños gestos que aunque sea por segundo nos agradan y ayudan a llevar esta dichosa vida un poquito mejor.

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