Cuando recojo los periódicos gratuitos ya leídos y manoseados del tren, me siento como en aquella película del neorrealismo italiano, porque en ese momento no soy más que un paria recogiendo las colillas de la información.
Y, quizá por eso, viajando camino del trabajo por las arterias del Cercanías, fue cuando descubrí el sentido de mi existencia.
Parando y arrancando de las estaciones al ritmo que marca el corazón de la metrópoli, lo tuve claro:
-Soy un glóbulo “rojeras” destinado a entregar a la ciudad todo lo que llevo dentro. ¡Soy la sangre de la vida!
Ahora que el mundo se desangra, sólo espero quedar empapado en el algodón con el que tratan de cortar la hemorragia. Será lo más parecido a descansar eternamente en el cielo.
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