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lunes 7 de junio de 2010

Relato de Hipatia

Caminaba por la acera con un paso más firme y decidido del que jamás me hubiera creído capaz. Poco a poco me alejaba del portal número veinte de la Avenida Mayor, donde estaba instalada la empresa que en los últimos seis años se había convertido en mi segundo – que digo, primer- hogar. Allí había pasado horas y más horas entre folios, programas de contabilidad, seguros, hojas de reclamaciones y contratos. En mi mesa de setenta centímetros mi cuerpo había llegado a adoptar una posición que se camuflaba con los muebles: hombros unidos, codos pegados, dedos como ágiles garras sobre el teclado… El sonido del teléfono, el pitido del fax o el timbre de la puerta – con una absurda melodía que recuerda a las comedias de situación extranjeras- habían sido sonidos mucho más familiares para mí que la voz de mi novio Alejandro, de mi amiga de infancia Alba o incluso de mi madre. Seis cumpleaños pasaron en compañía del Director de Marketing, del Jefe de personal, del secretario de Distribución, del chico de la publicidad o del informático que nos limpiaba de virus los ordenadores. Seis cumpleaños sin tarta, sin amigos, sin familia. Dos años había renunciado a parte de mis vacaciones a favor de los malos momentos atravesados por la empresa. Dos años en que entre idas y venidas veía como mis vecinos, conocidos u otros compañeros hacían las maletas y dejaban aquí conmigo el sofocante calor de agosto. Gripe, gastroenteritis, una infección de muelas y el ahora constante dolor de muñeca – dentro de poco este dolor tendrá un nombre asociado a los contables, al igual que sucede con el famoso “codo de tenista”- no impidieron que cada día, acudiese a trabajar. El Paracetamol y el Ibuprofeno se volvieron inseparables en esos malos momentos. Hace ahora un año, repentinamente y sin saber porqué hice una especie de balance de mi vida. Y descubrí que en estos últimos años casi carecía de ella: trabajo- casa; seis días a la semana; a veces el séptimo solo difería en que contestaba a las llamadas o hacía balances en mi domicilio. Nueve horas y media cada día, con diversos aumentos en épocas de apuro. No recordaba el último fin de semana pasado en casa, en pijama y viendo la tele. Tampoco recordaba la última sesión de cine. Las cenas con amigos o con Alejandro se habían espaciado tanto que ya no existían. En mi móvil había más números de proveedores que de amigos. A mí alrededor sin embargo, las cosas habían cambiado notablemente, ante mis ojos pero fuera de mi vista: tres bloques de edificios cercaban el mío, y, centrada en mí trabajo apenas me había dado cuenta de su levantamiento; tampoco conocía a nadie de aquellos que los habitaban. La tienda de ropa de la esquina se había convertido en una cafetería. La dueña de la mercería ya no estaba. La que fue mi vecina del tercero se había mudado, y ahora al parecer nadie vivía sobre mí casa. Mi madre, viuda desde mi primera juventud tenía a alguien a quién yo no conocía. Mi hermana estaba en crisis con su marido. Mi sobrina había pasado de jugar con muñecos a salir de copas. Solo yo seguía igual que hace seis años. Exacta, lastimosamente igual. Mi puesto era el mismo que cuando había llegado a la empresa para hacer unas prácticas; no había ascendido pese a todos mis esfuerzos, renuncias y sacrificios. Mi nómina no había variado nunca. No tenía teléfono de empresa, ni coche o bonificaciones para la comida. Muchos otros empleados lo tenían. Así que hoy había decidido poner fin a todo aquello. Como en aquella película vista en el cine hace más de seis años fui al número veinte de la Avenida Mayor, entré sin titubear, y pedí hablar con un jefe que apenas me había mirado más que cuando necesitaba un favor. Como en aquella película pedí un aumento de sueldo, un teléfono y un portátil para mi uso exclusivo.
Caminando con paso firme me alejo de la Avenida; tuerzo la esquina y pienso en que las cosas no son como en el cine. En aquella película la empleada logra su objetivo y yo camino aceleradamente hacia la oficina del INEM, antes de que ésta cierre sus puertas. Obviamente, no me han concedido ni el aumento ni el teléfono. Tampoco el ordenador. Pero como en aquella otra película, que terminaba con una despedida en un aeropuerto nunca me he sentido con más ganas de empezar una nueva vida.

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