Cuando el último periquito se hubo tirado desde el balancín, Antonia se dirigió hacia el salón para bajar la jaula desde lo alto del armario una vez más. Conocía tan bien el procedimiento que lo hacía sin pensar; de hecho se había vuelto muy habitual desde que llegaron los días de calor. Primero cogía una de esas escaleritas de aluminio y, tras colocarla justo enfrente del armario describiendo una A perfecta con sus lados, se descalzaba para no resbalar con el plástico de la zapatilla. Luego espolvoreaba un par de nubes de talco por cada escalón y por último, trepaba despacito, pero con toda la elegancia que le permitía una cadera con dos operaciones.
Una vez hubo alcanzado el último escalón se quedó quieta mirando la jaula, pensando en la razón por la que todas sus mascotas acababan tirándose deliberadamente desde su balancín de recreo. Antonia se dio la vuelta y pudo comprobar que, desde esa altura, la vista a través del cristal de la terraza era magnífica: se veía incluso la nieve de la sierra detrás de los edificios más altos. Ver aquello le hacía desear a uno echar a volar, como en aquella película antigua en la que cientos de hombres trajeados se tiraban desde los rascacielos más altos de Nueva York, seguramente fascinados por el encanto de sus vistas.
Antonia bajó la escalera muy despacio, y se dirigió directamente a la terraza sin ni siquiera calzarse y sin apartar la vista de todo lo que se veía fuera. Ya en el exterior, con la boca abierta y la dentadura medio despegada, se subió a la barandilla y saltó al vacío.
Hacía años que Antonia no volaba, así que ya no recordaba esa sensación de libertad. A su difunto marido no le gustaba especialmente que se pasara las tardes por ahí desviando aviones, escupiendo a los calvos o haciendo Dios sabe qué. Además, sentía cierto reparo ante la idea de que unos desconocidos anónimos observaran a su mujer sacudiendo las lorcillas de los antebrazos por la mirilla del telescopio.
Lo cierto es que cuando Antonia terminó su paseo fue a posarse directamente en la terraza. Después de tomar un té caliente que la devolviera el aliento, volvió a subir a la escalera de aluminio y se metió en la jaula cerrando la puerta del enrejado tras de sí, sin que ésta pudiera volver a abrirse.
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