Cuando compré la nueva cama pensaba en un giro, pero no en éste. Quería una espléndida cama matrimonial que me ensanchase el relax y mejorase la soltería, disfrutándola como recién emancipado con buen sueldo. Deseaba una cama capaz de gritarles BIENVENIDAS A BORDO a todas las chicas de la comarca, como en aquella película, la de Alfie. Era la época de mis sueños de seductor, como en aquella otra película de Woody Allen. Tenía ya la base logística de mi piso, pero necesitaba también un confortable soporte para las mil y una noches de placer sensual que proyectaba. Una cama de ganador, que apostase por mí en la ruleta amatoria, girándomela favorable. Pero no así.
Cada vez que me acompaña la suerte, me despierto del sueño de golpe, con la inquietante sensación de haberse girado 180º la cama, siempre en el sentido de las agujas del reloj, maldita la hora. Aunque ya consigo dominar el desasosiego y no despertar sospechas que las despierten a ellas, sigo viendo muy lejos reconquistar la calma perdida. Peor que no dormir más durante el resto de la noche es comprobar, desorientado, que a la mañana siguiente mi cabeza sigue hacia el cabecero de la cama, que a su vez sigue contra la pared… de enfrente. Y, explicable por lo inexplicable, que ninguna de mis conquistas, despavoridas todas en su huida, quiera repetir cita. A este paso tendré que cambiar de comarca.
O de cama otra vez.
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