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martes 27 de julio de 2010

GANADORES DE LA SEGUNDA CONVOCATORIA DE RELATOS PARA PARAR EL MUNDO

Por segundo año consecutivo, lo que surgió como una humilde idea cultural ha superado nuestaras expectativas y nos hace pensar que todo no está tan podrido como se suele decir y que todavía queda una "pequeña aldea de irreductibles ciudadanos" que se niega a vender su cerebro y lo deja volar. Como decimos, nuestro pequeño concurso literario un año más ha cosechado una participación más que aceptable y esto ha sido gracias a todos aquellos que habeis decidido invertirnos un poco de vuestro tiempo. Desde "O para el mundo, o lo peto" expresamos nuestros más sinceros agradecimientos a todos los participantes y a todas las personas que hacen posible este concurso y esperamos seguir contando con todos y cada uno de vosotros en próximas ediciones. CON LA AYUDA DE TODOS ALGÚN DÍA CONSEGUIREMOS PARAR EL MUNDO CON LAS PALABRAS.


A continuación, os dejamos el nombre de los autores de los relatos premiados en este II Certamen de Relatos Para Parar el Mundo:


Los premios serán entregados en el mes de septiembre. La fecha está por concretar así que os mantendremos informados.

Felicidades a los ganadores.

jueves 1 de julio de 2010

Relato de Magovi

Los chicos de la basura, rebuscan sin buscar nada concreto, miran todo, cada bolsa, cada objeto, cada rincón. El olor es insoportable, excepto para quien no conoce otra cosa.
Cuenta la leyenda que un afortunado encontró algo tan valioso que nunca más se le volvió a ver por allí.

Los días pasan lentos, uno tras otro, entre miserias y tristezas, porquerías y desesperanzas.
La basura lo cubre todo, ninguno de los niños ha visto nada que no sea basura, ni por mucho que escarben ni por mucho que anden. Los días de lluvia se protegen con trozos de plástico o cartón, guardan el agua en bidones para poder beberla, los días de lluvia huelen diferente, hace frío, pero son agradables, quizá por su escasez.

Quizá algún día alguien haga que la basura se abra, dejando un camino, una salida, una esperanza, como en la película aquella en la que un hombre abrió un camino entre las aguas.

Los niños llegan en las naves, naves gigantes que transportan la basura, vienen dormidos y con víveres suficientes para aguantar un corto plazo de tiempo, algunos se adaptan, otros mueren, pero ninguno recuerda su procedencia, les evita sufrimientos innecesarios.

Hay algo que todos tienen en común, defectos físicos o psíquicos, niños no deseados, inútiles, o simplemente rechazados por el control de calidad.

El sol les quema la piel, nada filtra sus radiaciones, se protegen con harapos. Los más hábiles consiguen construirse objetos útiles, refugios, trampas para las ratas, armas para defenderse de los que intentan apoderarse de sus víveres.

Los que saben leer practican y decodifican los mensajes que perciben o creen ver en los textos que acompañan a muchos de los objetos, modos de uso, vacaciones maravillosas, algunos objetos curiosos solo tienen textos, palabras y palabras que enlazadas cuentan historias de mundos extraños y perdidos en el tiempo.

Estas historias les hacen generar mitologías, deidades, advenimientos, Apocalipsis, rituales y creencias en definitiva, que en ocasiones les hacen agruparse en tribus, bandas, grupos afines a una u otra deidad inventada, y en otras ocasiones provocan rivalidades y enfrentamientos entre ellos.

El planeta basura es enorme, muy grande, tan grande que nadie podría verlo todo, ni siquiera en varias vidas, hay países de basura, montañas y cordilleras de basura, mares de basura, ríos y lagos de basura, basura antigua y moderna, niñas y niños basura.

Nadie llega a adulto en el planeta basura, salvo las ratas, cucarachas y otros bichos inmundos.
Dicen que hace mucho tiempo, debajo de la basura había un paraíso donde la vida reinaba y que el planeta no se llamaba basura, sino que se llamaba Tierra.

viernes 18 de junio de 2010

Relato de Otro Antonio

El protagonista de esta historia es muy raro, todo lo que lo rodea podría calificarse como raro, pero no en el sentido más peyorativo de la palabra, sino en el sentido más relacionado con la palabra especial. Todo en él era raro, todo menos su nombre, Antonio, el nombre más común que hay.

Antonio no distingue entre realidad y ficción. Lo mezcla todo y todo es real y todo es imaginario, a la vez.

Antonio tiene la capacidad de inventar cosas, de inventárselo todo. No le gusta lo que cree que es real. No voy a explicar lo que Antonio entiende por real, porque pienso sinceramente, que lo decide al azar, a modo de juego. Antonio piensa que la vida es muchísimo más llevadera si se la imagina como una sucesión de juegos.

Antonio es muy inseguro.

Antonio tiene una gran vida social, aunque pueda parecer lo contrario. Esa rareza suya atrae. Sale mucho, en todos los sentidos. Es habitual que cuando está con sus compañeros (elude siempre el término amigos) haya un momento dado en el que se va. En ese momento no dice nada, no da explicaciones, luego, al ser preguntado, dice que estaba en su refugio. En este caso hay que entenderlo en el sentido más próximo posible a refugiado o exiliado.

Antonio lo ha decidido libremente, prefiere vivir así, en un mundo creado a su gusto. Aunque no parece que sea enteramente feliz.

La gente suele decir “como en aquella película” cuando se está hablando de Antonio, es como si sus gestos, frases, comportamientos, los rigieran las películas que ha visto, como si fueran su fuente de inspiración. No hay patrón común en las películas que la gente dice que imita, son tan diferentes como las personas que lo dicen. Y no solo películas, la frase “como en aquella película” se transforma en “como aquella canción” o “como aquel libro” o incluso “como aquella noticia que vi el otro día”. Es curiosa la obsesión que tiene la gente por encasillar a Antonio.

Antonio es huidizo, huye (por eso es huidizo, claro).

Hace unas semanas, Antonio empezó a agobiarse, pero a agobiarse mucho más de lo normal (se agobia muy a menudo). Y eso se trasladó a sus exilios, cada vez eran más frecuentes y en situaciones más raras. En medio de una clase, en la cola del pan, en el cine, en la cama.

Antonio es muy enamoradizo, cree haber encontrado a la persona ideal en cada esquina. ¿Pero eso es el amor? Antonio no lo sabe, pero se deja llevar.

Antonio busca, busca, busca y no encuentra, porque tampoco sabe lo que quiere encontrar, aunque piensa que lo más divertido de intentar encontrar algo, es eso, buscar, el juego de buscar, con el ansia de esperar que algo aparezca de repente y sentirse satisfecho.

Antonio no sabe lo que quiere, a veces quiere una cosa y otras veces, otra. A veces quiere trascender.

Antonio ya no sabe lo que quiere y lo que no, porque no sabe lo que es real y lo que es ficción.

Se ha cumplido un año sin que nadie hay vuelto a ver a Antonio.

Quizás Antonio está en su refugio.

Quizás Antonio se ha cambiado de nombre. “Como en aquella película”.

Relato de Jzus

En un sábado soleado, Mario se levanta a media mañana y decide ir a la biblioteca a devolver unos libros. De camino, piensa que ya no encuentra libros que le enganchen como antes, o por lo menos, le despierten cierta inquietud. Quizás sea por una sensación de monotonía, o quizás se esté volviendo un vago y no haga nada porque su día a día cambie aunque sea un poco.
Mañana, Mario cumplirá 39 años y no tiene ganas de reunirse con la familia como suele hacer siempre, además de tener que sonreír y sentirse afortunado por otro año más que sus ojos pueden vislumbrar. Pero reconoce que sus familiares siempre le han ayudado en momentos difíciles y sin ellos por ejemplo, no podría haberse independizado y estar viviendo él solo en su modesto pisito. Esto es algo que siempre había deseado pero que últimamente le entristecía, ya que el hecho de llegar a casa y nunca haber nadie le provocaba cierto vacío, cosa que le hacía recordar aquellos años en que entraba por la casa de sus padres y siempre había alguien que le decía algo, aunque fueran riñas por sus pelos o su ropa. Y esos recuerdos le arrancaron una risita nostálgica, que por un momento le hicieron olvidar a esa sutil pero letal soledad cada vez más asentada, que ningún libro era capaz de hacerla desaparecer.
Con las mujeres Mario no fue muy decidido y pensaba que se le había pasado el arroz. Hace diez estuvo con una chica, pero se dio cuenta que no estaba enamorado y decidió zanjar el asunto. Anteriormente había estado profundamente enamorado de una compañera de facultad, pero la cosa no cuajo. Así que Mario decidió pasar de las mujeres.
A Mario, le llamaba la atención ciertos temas existenciales como ¿Quiénes somos?, ¿Qué ocurre en nuestra mente?, y últimamente ante su soledad y monotonía este tipo de preguntas estaban tomando una mayor inquietud en él.
La noche anterior al sábado que acudió a la biblioteca, Mario se sentó frente al televisor y casualmente se encontró con una de esas pelis españolas que parecen no tener sentido, pero que al día siguiente volviendo de la biblioteca se le vino a la cabeza, y como en aquella película “un banco en el parque”, decidió sentarse en un parque a reflexionar, no sobre su futuro amoroso, sino de su yo y su circunstancia, lo cual le hacía sentirse como un chiflado.
Observando a la gente, vio paseando a una joven pareja muy acaramelada que varios metros por detrás de ellos se encontraba su hijo de unos tres años, jugando despreocupado con su nueva pelota. En unas de sus carreras el peque cae al suelo dándose un buen golpe, lo cual provoca que rompa a llorar. Casualmente, un abuelete que pasaba por allí andando enérgicamente, se detiene ante el pequeñín y le tiende su mano con una tierna sonrisa, de repente, los llantos del niño desaparecen y tras unos segundos de sorpresa la pequeña manita decide coger ese gesto de ayuda en el cual se podía entrever una sincera amabilidad. Los padres ante el primer sollozo de su criatura observaron desconcertados lo sucedido y posteriormente agradecieron al caminante de cierta edad lo que había hecho.
Todo esto le hizo pensar a Mario sobre la manera que tenía de ver su vida. Quizás podía dejar un poco de lado sus pensamientos y tristezas un tanto egoístas y ofrecer algo a los demás pero sin grandes heroicidades, simplemente pequeñas cosas como una sonrisa, una mano de ayuda, una palabra de ánimo en esos momentos difíciles por los que todos a veces pasamos, es decir, esos pequeños gestos que aunque sea por segundo nos agradan y ayudan a llevar esta dichosa vida un poquito mejor.

Relato de Bailarina

Tú siempre me decías que tenía piernas de bailarina y yo te creía, aunque no fuera capaz de hilvanar dos pasos correctos cuando salíamos a bailar. Recorrías mi muslo con tu dedo corazón. Se deslizaba como la plancha sobre las prendas que yo cosía en el taller clandestino. Contemplábamos el reflejo sucio de la luna en el río que nos separaba del paraíso. Al otro lado estaba la ciudad de los hombres de bien. A esta orilla nosotros y nuestros sueños, aún intactos.

Cada noche me prometías la luna, y yo te creía, olvidaba que nuestro satélite es gris y oscuro, que su luz es prestada. Yo era como la luna, vivía de la luz que tú derrochabas sobre mí.

Caminábamos entre los cascotes de nuestra ciudad rota, me acompañabas al taller para darme un beso antes de entrar. Nunca entendía lo que habías visto en mí, ni nadie en el barrio. Tú eras el más guapo y yo un patito feo con gafas y aparato en los dientes. Te convertiré en un cisne para mí y yo te creía, porque siempre pensé que eras un mago y que a tu lado todo era posible. Luego a paso a recogerte en el Mercedes, era tu frase de despedida favorita, aunque los dos sabíamos que con un sueldo de camarero no te alcanzaba ni para la estrella de tres puntas. Aún así, yo soñaba en atravesar el pasillo de la fábrica en tus brazos, como en aquella película que vimos en un cine de verano.

Todo cambió cuando la conociste. Era muy popular en el barrio pero yo tenía la esperanza de que nunca coquetearías con Ella. Tú no, me querías demasiado. No fui consciente de su fuerza, de su poder. Quise creerte cada vez que me prometiste que la abandonarías, pero poco a poco fui perdiendo mi fe en ti.

Un día viniste a recogerme con el Mercedes y supe que era el fin, que nunca la dejarías, te había dado lo que más deseabas, lo que yo nunca te podría ofrecer. Me alejé de ti, tropezando con mis piernas rotas de bailarina, largas e inútiles.

Una tarde, muchos años después, vi el luto en las ropas de tu madre. Se acercó con su cuerpecillo de insecto, negro y enjuto. No hizo falta que me dijera nada, sus ojos hablaban de ti. Lloramos abrazadas y la maldije a Ella, la Reina del barrio, que seguía colándose por las venas de sus súbditos, lenta y cruel.

Relato de Villademoros

Vladimiro Ripoll era uno de los “niños de la guerra”. El apellido era de su madre, Juana, nacida en Barcelona y fallecida de una tuberculosis en el año 37.
Le había parecido más aconsejable, a su vuelta a España, el “Ripoll” pues pensó que le traería menos complicaciones.
Estaba orgulloso de su familia rusa. Su padre, Alexander Vakulichuk, nacido y criado en Odesa, había sido actor del Teatro Proletario de Moscú y tenido la gran fortuna, aunque en aquel entonces no lo imaginara, de participar en la esplendorosa obra “El Acorazado Potemkin” en 1925.
Aún guardaba recuerdos de cuando su padre le contaba las anécdotas del rodaje. Le dibujaba la figura de Eisenstein , el director, yendo y viniendo por los escenarios, dando las órdenes y organizándolo todo de una manera prodigiosa.
Le narraba cuando, rodando la escena de las escaleras del puerto, tuvo que dejarse caer simulando morir a manos de las tropas del Zar, rompiéndose la pierna derecha de tan realista interpretación. Su padre nunca se olvidó de la mirada de aprobación de Eisenstein y del orgullo que sintió cuando fue llevado al hospital por los sanitarios.
Pero la historia de Vladimiro estaba ligada íntimamente a los sucesos reales que acontecieron en 1905. Su abuelo, Grigori, había sido uno de los causantes del estallido; estaba entre los marineros amotinados que se negaron a comer la carne podrida y fue fusilado de inmediato. Después, cuando trasladaron su cadáver al puerto de Umnia, la indignación del pueblo de Odesa se transformó en revuelta.
Vladimiro se entretenía, nostálgico, con estos recuerdos; eran su terapia para olvidar los años de hambre y miseria, de tristezas y horrores; de olvidar la muerte de su madre, el barco que le condujo a Rusia, el frio, la lengua que no entendía. En suma, de la guerra y la desolación. Como en aquella película que tanto recordaba su padre mientras apuraba un sorbo de vodka.

jueves 17 de junio de 2010

Relato de Barbacana


Huele a guerra. Tengo la sensación de no haber dormido, y aunque mis ojos se hayan cerrado en algún momento de la noche, la tierra los habrá desvelado con sus vibrantes susurros y su olor mojado. A penas entra aún luz por el ojo de cielo del thipí y las estrellas, aún visibles, huyen débiles para no ser testigos. Nadie parece despierto, pero yo se que todos lo están. Cientos de ojos se ocultan bajo las shinas, alargando el momento, intentando volver torpemente al sueño de nuevo, como pretendiendo estar en medio de una pesadilla. Mis ojos, abiertos, ansían ser humo para volar con h^uya y emboscar a la presa.
Fuera empiezan a ladrar los perros, hambrientos de miedo, nuestro shúnka entra a buscarme y me lame la cara. El calor de su lengua me da asco porque encuentra consuelo en mi piel y yo quiero estar muerto. Nizhoni es ohitika, es valiente, es el primero en levantarse, es el que pone en marcha el mecanismo que no se puede parar.
Las shinas se empiezan a mover dejando intuir formas de cuerpos desperezándose, las mujeres empiezan a alimentar a los phétas que devuelven el calor y la sangre a las diferentes familias mientras se preparan para la gran reunión en el hóchoka. Ayudo a Ina a preparar las unciones de colores mientras Até sale a la búsqueda de Nozhoni. Anpétu wi se ha despertado pero sigue protegiéndose tras las nubes, sabe lo que va a suceder, siempre lo ha sabido, y con su manto de ubicuidad contenida nos observa.
Trituramos hojas, las machacamos contra la piedra, las masticamos, las mezclamos con la tierra, pintamos nuestras pieles, vestimos nuestros miedos y dejamos que el sudor frío se pervierta con sus poderes.
Ithanchan ya no está en su cuerpo, ha conseguido comunicarse con thathánka, tenemos su fuerza y será él quién nos guíe. Los tambores circulares hacen vibrar el suelo, su tañido recurrente y plomizo ayuda al trance, a la llamada y comunicación con los thathánka, a la estampida.
Los guerreros suben hasta la colina y desaparecen a caballo para adelantarse a la muerte, el cielo se carga de electricidad y empieza a atronar, dos nubes negras avanzan para chocar en medio de la pradera y yo contemplo el choque inmóvil mientras empieza a llover. El choque de la carne contra la carne, el metal contra los huesos, el sonido de los músculos desgarrados, el peso de los cuerpos matándose mutuamente y la sangre como conciliadora.
La lluvia me nubla la vista, su insistencia me lanza contra el suelo, pero no es la lluvia, una wahukheza ha hecho que mi sangre empiece a diluirse en el barro, que reclama la tierra de mi piel que le pertenece. Vuelvo a tener los ojos abiertos y sigo mirando el cielo, pero no entiendo nada.
Los tambores circulares, principio y fin, vida y muerte, entre medias confusión.
Como en aquella película que aun no has visto, la que Ithanchan  auguró en la última danza, yo espero tumbado a que acabe la escena, a que la cámara cambie de plano para poder levantarme y lavarme la sangre, pero nunca acaba, los gritos continúan, nadie viene a ayudarme y la vista se nubla. Puede que sea una mala pesadilla pero este sueño me duele demasiado, el sabor a sangre de mi garganta es demasiado amargo y guarda un regusto a venganza.
Un rostro macilento aparece en frente mía, nunca he visto una cara más cadavérica, debo de estar muerto pues cuando levanta la maza que me parte el cráneo en dos no siento nada.

Relato de Una madre

Mi hija lleva todo el año protestando porque se me ocurrió apuntarla a ballet como actividad extraescolar. Que por qué la mando, que no le gusta, que su mejor amiga se ha borrado, que menudo rollo, que la profesora le grita mucho. Quejándose un día sí y otro también, durante cada viaje de ida y cada viaje de vuelta al colegio, se ha ido arrastrando el curso.
El último mes he notado una ligera mejoría; se acerca el día de la función y mi hija está mucho más contenta. Un vistoso disfraz de vaquera -que me vi obligada a comprar a precio abusivo- espera el día del estreno colgado en su armario.
Ilusionada, luce a todas horas su sombrero de ala ancha, con la estrella de sheriff bordada en el frente. Sale de la bañera, se pone el pijama, corre al espejo y se lo coloca ladeado, con un cierto aire de perdonavidas. Nada más despertar, antes siquiera de coger su bata, se encasqueta su stetson, como en la serie americana esa... Sí, la del malo malísimo... el del nombre que resulta corto al escribirlo y largo al pronunciarlo... creo que tenían petróleo ¿o eran viñedos?... Nada, que no consigo acordarme; de un tiempo a esta parte mi memoria ya no es la que era...
Por la mañana, haciendo unas compras, me he encontrado con la madre de una amiga de mi hija mayor -de la que, por cierto, nunca consigo recordar cómo se llama-. De repente, me ha preguntado:
-¿A tu hija también le ha tocado hoy el turno de tarde?
-El turno ¿de qué?
-Pues de qué va a ser, del ballet.
-¡El ballet!
¡No puedo creerlo! Hoy es sábado, el día de la actuación, ¿cómo he podido olvidarlo?
Se me ha borrado de la mente: un apagón neurológico sin fecha anunciada.
Dejo la cesta ahí mismo y salgo corriendo sin despedirme, dejándola con la palabra en la boca. Llamo a casa para avisar a mi marido y pedirle que disfrace a la niña mientras llego. Es como en aquella película... ¿Cómo se llamaba? Sí, hombre, la de la actriz con voz de pito, la que se casa con ese actor de la boca rara... Ay, por Dios, tengo el título en la punta de la lengua... Esa que van en un avión y… No, no es un avión es un tren. Sí, eso es, van en un tren, pero en uno normalito, no de los de alta velocidad...
...Pero ¿dónde estoy?... Esta calle no me suena de nada... Y ¿quién será el tipo ese que no para de hacerme señas como loco?... Mira que llevar a su hija vestida de vaquera a las once de la mañana... La gente ha perdido los papeles; se le ocurre cada cosa... ¡Dios mío, que viene corriendo detrás!, será mejor que acelere. ... ¡Qué miedo! El mundo está lleno de lunáticos...

Relato de Aspergillus


El mismo sueño de siempre, bañado de mar. Me atrapa y arrastra a un tiempo. Me cautiva. Así fue y así ha sido desde la primera vez que lo vi de cerca. Tendría aproximadamente quince años. Quería comerme el paseo marítimo hasta el peine de los vientos. Al fondo, las gaviotas se perdían en el infinito.
Por aquel entonces, mis pensamientos también fluían hacia las nubes, teñidos de la locura adolescente. Me bastaba cualquier cosa para pasar de la risa al llanto, de la confianza a la duda y del deseo a la indiferencia. Sólo el mar era capaz de anular completamente mis devaneos para con todo lo demás.
Solía acudir al atardecer, sin más compañía que mi soledad y mis vacías manos hundidas en los bolsillos, como si desearan alcanzar el fondo del océano. Y buscaba el rincón más escondido de las rocas, donde se puede confundir una ola y llevarte consigo. Me encantaba verlas enrollarse una y otra vez, como batidas por el esfuerzo de borrar mis penas. Tantas horas muertas pasé perdiéndome entre ellas, que dicen que mis ojos se llenaron de mar.
Mas tarde, cuando conocí a Sergio, volví al mismo lugar atrapada por entre las voces que escapaban con vida propia. Cada bronca, cada promesa de cambio y cada pequeño granito de arena que se me iba perdiendo, corría a buscarlo allí donde siempre había perseguido los sueños. Los míos, los de mi primer amor, se iban cayendo a trocitos por el acantilado. Y las lágrimas también iban a fundirse con las gotitas de mar, sin acabar de lavarme la tristeza.
Y de nuevo, vuelta a empezar. Los barcos en el puerto saliendo a alta mar. Yo he de hacer lo mismo. Mientras las últimas luces iban perdiendo fuerza, medio confundidas con el amanecer, estoy a punto de ahogarme. Es sencillo, una se deja caer y se dice ¿Para qué salir a flote? Pero entonces, una gaviota grita, como llamando y sé que alguien, aunque uno sólo, me está esperando. Quizá ese chico que de cuando en cuando también se arrima a las rocas, como interrogándolas.
Así que miro al infinito, como queriendo perderme sin perderme del todo. Y vuelvo a la playa, pero ya con otros ojos. La espuma de las olas juega a escribirme versos. Son los de mi amigo solitario. Ha dejado su cuaderno de cuadros y escribe sobre la arena. Dice que es poeta. De día se viste de uniforme. Por las noches, acude a apaciguar su alma alrededor de la costa. Cada vez necesita más horas para acomodar el ritmo de su corazón al suave ronroneo de las olas. Tiene miedo de que lo reconozcan. Tiene miedo de estar conmigo. Camina entre el sobresalto. A veces, habla de amenazas que no entiendo.
Cuando la luna acaricia el mar, los reflejos exhiben la elegancia de los dos amantes. ¿Me quieres? le pregunto. No te olvido ni un segundo, me contesta.
Pasa el tiempo y hasta los barcos enderezan su rumbo. Se les ve marchar. El poeta recoge sus versos hilvanados para confeccionarme un collar. Así me dice mientras echa un último vistazo a la mar antes de empezar su turno.
Horas más tarde, alrededor del mediodía, un grito blanco va de lado a lado de la costa. Las olas resuenan como tiros. Olas que se mecen para ocultar. Espuma que tiñe de rojo unas huellas inocentes sobre la arena. El mar me avisa de lo ocurrido. Cuando llego no hay nada que hacer. Demasiado tarde, demasiado frío. Ésta vez no me dejo consolar. Busco sin buscar el poema perdido. Como en aquella película “El Lobo” la rabia me infiltra la piel. Esta vez no es ficción en una pantalla, ha ocurrido.
De nuevo recurro al mar. Toda la bahía anda revuelta. Las olas enfurecidas, parecen decididas a atrapar y perseguir al culpable. Rugen rompiéndose contra las rocas, estampando la rabia que parecen llevar dentro. ¿O acaso no soy yo la que grita, tratando de encontrar respuestas? .
Un delfín asoma su cuerpo en el aire para volver a esconderse aguas abajo. Sé que a mí siempre me pasa lo mismo. Subo a la cresta de la ola y sin previo aviso, se divide por la mitad. Una parte quiere y otra muere antes de volver a flotar.
Amo el mar, me atrapa. Pero no sé si es un sueño. Los ojos se me llenan de agua y las olas resuenan como tiros. Quizá algún día vuelvan a ser simples remansos, borrando con gracia las cuerdas con las que las quieren atar.
El sueño del poeta también es el mío y sigue vivo. No existe nada más libre que la mar.

Relato de Aida

¿Nunca os habéis imaginado vuestra vida con poderes? Supongo que sí, y además utilizarlos en el momento adecuado y con aquella persona que os hace la vida imposible, vamos, que no os deja vivir. Pues un día, aunque no lo creáis, a mí me pasó. Tengo un jefe con una simpatía que brilla por su ausencia, no te dice nada con dulzura, no se halla sino es chillando; y la verdad, eso cansa. A dos compañeras y a mí nos tiene martirizadas, cada vez que se le ocurre nos utiliza como chicas de los recados: –Elvira, tráeme un café. –Maríaaaa, ¿dónde está el sobre que dejé en esta mesita? –Paloma, búscame clips, que se me han acabado. En fin, que no mueve ni un músculo.
Uno de esos días que tenía la lengua floja y no paraba de mandar, salió del despacho como una exhalación, con las venas de la frente a punto de explotar, llamándome a voz en grito: –¡Elvira, hace una hora que le he dicho que me haga llegar el informe que le pedí! ¿Es que está usted sorda?
En ese momento me puse muy seria y empecé a pensar: Ojalá le cayeran esos libros en la cabeza y callara la boca de una vez. Lo pensé con todas mis fuerzas y el milagro sucedió, los libros que estaban situados en un estante justo encima de su cabeza se empezaron a mover, y al final uno a uno fueron golpeando aquel aparato pensante que le servía para bien poco a esa persona, por hablar lo más fino posible que se me ocurre. Nos miró a todos con los ojos desorbitados y en menos de tres segundos se golpeó contra el suelo. El chichón fue considerable; pero ninguno de los allí presentes lo sentimos, todos dijimos una sola palabra: ¡Matilda! Sí, como en aquella película en que una niña podía mover objetos con la mente y se vengaba de una especie de mujer sansona, dueña del colegío a la que ella asistía, y cada vez que la veían todos los niños se morían de miedo. Efectivamente, está claro que sólo utilizamos parte de nuestro cerebro; porque si lo usáramos todo, ¡qué no podríamos lograr!

Relato de Paramo


- Te invito.
- ¿A qué?
- A un café.
- ¿A qué hora?
- A las tres.
- Una, dos y tres.

Tres campanadas rompen la plaza y una nube gris se levanta desde el suelo mientras unos indiferentes zapatos persiguen una comba, sobando los adoquines intermitentemente.

Viridiana acaba de torcer la esquina, aunque todavía no sé que su nombre es Viridiana, su toca resalta sobre su hábito negro, el cuál limpia las horas muertas de la siesta  pegado a la fachada de los edificios, como simulando el movimiento de las sombras de la tarde. Se desplaza lentamente sin mirar al suelo, traspasando a la gente con la que se cruza, ignorando al chico que busca sus pasos tras el frío de su espalda. Se ha detenido en un anuncio olvidado de una farola, un trozo de papel que solo recuerda un nombre y dos fechas acompañadas de una foto. Pero no son el nombre y las dos fechas acompañadas de la foto. Viridiana buscadora de esquelas lame la tarde hasta saborear las sombras de la noche y decide perderse en las entrañas de escaleras y ascensores.

Subí al 61 para volver a casa, pero Viridiana ya estaba esperándome dentro, había llegado el final del devoto hostigamiento a través de las espesas y calcinadas calles. La nota pegada al cristal me advertía la fecha de su fallecimiento como una broma y su mirada en blanco y negro como un guiño de la ficción. Por fin Viridiana, el nombre y las dos fechas, el fin del juego.

Como en aquella película, Viridiana es muerte, pero esta vez fue ella la que ayudo a enredar sus manos a la comba para cumplir con su voto de sumisión, la que se desgarró la casta camisa para llegar antes a la expiación de los pecados que iba a cometer, la que de rodillas comulgó el ansiado verbo que por fin se hizo carne. Pero también fue ella la que después apretó con fuerza la comba contra la yugular para ver su cárdeno hábito en el rostro de su tío, la que tuvo que esconder los cuerpos, el vivo y el muerto,  y esperar a ver colgada su fingida muerte en algun recuerdo de papel de la ciudad.

Viridiana es el hábito que nos purga camino del infierno en el que siempre hemos querido estar.

Relato de Humorista

Cuando recojo los periódicos gratuitos ya leídos y manoseados del tren, me siento como en aquella película del neorrealismo italiano, porque en ese momento no soy más que un paria recogiendo las colillas de la información.
Y, quizá por eso, viajando camino del trabajo por las arterias del Cercanías, fue cuando descubrí el sentido de mi existencia.
Parando y arrancando de las estaciones al ritmo que marca el corazón de la metrópoli, lo tuve claro:

-Soy un glóbulo “rojeras” destinado a entregar a la ciudad todo lo que llevo dentro. ¡Soy la sangre de la vida! 

Ahora que el mundo se desangra, sólo espero quedar empapado en el algodón con el que tratan de cortar la hemorragia. Será lo más parecido a descansar eternamente en el cielo.

lunes 14 de junio de 2010

Relato de Barón Rampante


Cuando el último periquito se hubo tirado desde el balancín, Antonia   se dirigió hacia el salón para bajar la jaula desde lo alto del armario una vez más. Conocía tan bien el procedimiento que lo hacía sin pensar; de hecho se había vuelto muy habitual desde que llegaron los días de calor. Primero cogía una de esas escaleritas de aluminio y, tras colocarla justo enfrente del armario describiendo una A perfecta con sus lados, se descalzaba para no resbalar con el plástico de la zapatilla. Luego espolvoreaba un par de nubes de talco por cada escalón y por último, trepaba despacito, pero con toda la elegancia que le permitía una cadera con dos operaciones.
Una vez hubo alcanzado el último escalón se quedó quieta mirando la jaula, pensando en la razón por la que todas sus mascotas acababan tirándose deliberadamente desde su balancín de recreo. Antonia se dio la vuelta y pudo comprobar que, desde esa altura, la vista a través del cristal de la terraza era magnífica: se veía incluso la nieve de la sierra detrás de los edificios más altos. Ver aquello le hacía desear a uno echar a volar, como en aquella película antigua en la que cientos de hombres trajeados se tiraban desde los rascacielos más altos de Nueva York, seguramente fascinados por el encanto de sus vistas.
Antonia bajó la escalera muy despacio, y se dirigió directamente a la terraza sin ni siquiera calzarse y sin apartar la vista de todo lo que se veía fuera. Ya en el exterior, con la boca abierta y la dentadura medio despegada, se subió a la barandilla y saltó al vacío.
Hacía años que Antonia no volaba, así que ya no recordaba esa sensación de libertad. A su difunto marido no le gustaba especialmente que se pasara las tardes por ahí desviando aviones,  escupiendo a los calvos o haciendo Dios sabe qué. Además, sentía cierto reparo ante la idea de que unos desconocidos anónimos observaran a su mujer sacudiendo las lorcillas de los antebrazos por la mirilla del telescopio.
Lo cierto es que cuando Antonia terminó su paseo fue a posarse directamente en la terraza. Después de tomar un té caliente que la devolviera el aliento, volvió a subir a la escalera de aluminio y se metió en la jaula cerrando la puerta del enrejado tras de sí, sin que ésta pudiera volver a abrirse.

Relato de Madhya

El otro día me encontraba un tanto sola y me fui a bailar con "una amiga" a una discoteca. Era el espacio para hombres y mujeres separados y separadas.
....
Ya al entrar sentí una bocanada que me echó para atrás. Una luz mortecina, un grupo musical voceando porque poco tenían de melodía... Mujeres y hombres opacos, fumando alrededor de las mesas y bebiendo supongo, vino o cerveza.
Sombras humanas en un lóbrego lugar. Al fondo la pista para bailar.

Y como en aquella película: "Danzad, danzad malditos" me vino a la mente su recuerdo. En época de guerra a alguien se le ocurre un curioso juego. El que baile más tiempo tiene un premio. La pobreza era inmensa, no hay alimentos ni dinero para conseguirlos. Así que la gente baila tragándose la desesperación por alcanzarlo.La película era terrible. Algunos se desmayaban, otros caían sin fuerzas. Al final el animador voceaba el premio.
Algo así sentí en esta discoteca.
Cuerpos densos y pesados moviéndose a saltos en el semioscuro espacio. Risas exageradas, miradas rápidas que delataban el vacío, la amargura, su oculta tristeza. ¿Heridas del pasado?
Hombres y mujeres que a diario trabajarían. Tendrían sobre sus espaldas el cansancio acumulado pues no eran tan jóvenes. Pero: "Baiilad, bailad malditos", mientras en Haití se mueren nuestros hermanos.

Nos traían chistorra, mortadela y hasta un chocolate con churros. Lo importante es que sigáis bailando, que no os falten las fuerzas.
Diálogos chillando más alto que la música, entre la penumbra, por encima de las mesas. Simplezas en el hablar. ¡Tragedia!

martes 8 de junio de 2010

Relato de Tersícore

Monteverdi es su compositor favorito. Viene al Teatro Real el mejor director de orquesta especialista en él, con una producción excelente del grupo operístico que el propio director ha impulsado.
Ángel, melómano exquisito, anhela sorprender a su amiga Ana (ex -compañera muy amada aún).
Lleva todo el año tras unas entradas a la ópera, para el mejor evento, éste, tal como él lo valora.
Han sido muchos meses de búsqueda, tocando muchos palos y ahora, por fin, ha cuajado su empeño-cuasi imposible, dado que el Teatro Real prácticamente se financia con los abonos anuales-.
No obstante ¡Lo ha logrado!
Gracias a la amistad de su sobrina Lidia con una encargada de taquillas.
Me llama, un tanto lacónico pues las entradas en palco que le han facilitado describen muy claro: Escasa o nula visibilidad.
Yo intento disuadirle:- Recuerda, Ángel, que hace años lo pasamos requetefatal en unas butacas similares. Mira- le intento persuadir- la ópera es un espectáculo integral; no merece la pena ir a sufrir de esta manera. Y menos, un melómano como tú. Piénsatelo, te lo agradezco infinito, pero es más sabio renunciar a algo que no te va a llenar en plenitud.
Ángel decide sopesarlo, atendiendo a mis reflexivas argumentaciones.
Pasan unos cuantos días y me vuelve a llamar: -Anuski, he logrado unas entradas en un palco con visibilidad. Ya conoces mi tenacidad.
-Ah, pues muy bien, de acuerdo, estupendo, quedamos para el viernes ¿Vale? Eres divino, mi niño. Estamos de enhorabuena, ¡Hasta pronto!- y así me despedí de él, agradecida y muy sorprendida de sus esfuerzos, teniendo en cuenta su escasísima economía de pensionista por enfermedad crónica.
Ángel es un gran luchador (me quedo sintiendo); busca, busca sus habichuelas artísticas-melómano ultrasensible donde los haya-. No ceja en su empeño cuando se propone alcanzar una meta que le apasiona completamente. ¡Remueve Roma con Santiago si es preciso!
Pasan dos días y allá que me voy, toda guapa, elegante y acicalada para tan extraordinaria ocasión.
¡Me voy a la ópera con el mejor acompañante que se pueda soñar!
Me encuentro con él en Plaza de España más guapo y sonriente que un pincel postinero.
Nos abrazamos fuertemente, felices de este reencuentro.
Nos encaminamos hacia el Teatro Real de Madrid, bastante emocionados, para llegar a tiempo, como unos marqueses.
Hace una tarde radiante. Pedimos que nos fotografíen para inmortalizar este momento, más resueltos que Nerón y Poppea (protagonistas humanos de esta ópera: La incoronazione di Poppea) en gozar de la vida.
Y cuando ya nos toca entrar y que nos instalen en nuestros asientos, en tan espléndido teatro, entonces es cuando Ángel me comunica y me conmueve profundamente:-Anuski, te tenía reservada esta sorpresa: ¡Vamos al patio de butacas! Milagros, mi enfermera amiga me las ha cedido. Ella las ha conseguido a través de un amigo médico suyo. ¡Y en su enorme generosidad, nos las cede, con su desprendimiento y humor, tan característico!
¡Oh, mon Dieu! ¡Vaya sorpresón! Ángel de mis entretelas-contesto yo, con los ojos y el corazón más abiertos y risueños que una niña ante un hada.
Y siento, con un temblor en mis entrañas, como en aquella película de mi admirado Emir Kusturica, que : La vida es un milagro.
Y cual reyes en su trono, orondos y lúcidos, nos extasiamos en este magnífico lugar, El Teatro Real para contemplar y degustar - con sumo deleite- de la mejor ópera de las escasas que se salvaron, del gran maestro Claudio Monteverdi.
La vida, como siempre, misteriosa, abundante y generosa para el que expande su conciencia y sus poros a ensalzarla nos brinda este plato de gourmet.

lunes 7 de junio de 2010

Relato de Carandarn

- ¿Te acuerdas de mí?
Cuando me preguntó no lo recordaba, ni uno solo de sus rasgos me resultaba familiar.
Pero insistió - ¿cómo es posible que no me recuerdes?
La situación era tan violenta que acabé diciendo que sí le recordaba.
Este reconocimiento provocó un largo monólogo, hablaba sin cesar de todo aquello que yo debía saber y no sabía.
Por mi parte esperaba reconocer algo de lo que contaba.
Sin embargo no fue así, durante el tiempo que estuvo hablando no supe quien era.

Cansado de tanto hablar, dejó de hacerlo y permaneció como en una nebulosa, estando y no estando, al mismo tiempo.
La incertidumbre me acercó a él, no estaba segura de que se tratara de algo real.
Estando cerca, empecé a reconocer, no era su rostro, no se veía, no era su voz, no estaba hablando.
No sabía qué era.
Me acerqué más, casi nos tocábamos, pero no, algo se me escapaba, quería tocarle y no podía.
¿Qué estaba pasando?

Pregunté yo - ¿Quién eres? Reconozco tu proximidad, tu esencia, pero no consigo saber más, es como si te diluyeras.
Y sucedió algo inesperado, como en una película.
Me contestó que así era, estaba olvidando sus rasgos, por eso me visitaba, por eso me preguntaba. Si conseguía que recordara permanecería vivo.
Sonó el despertador cuando pensaba en los amigos que ya no me acompañaban. Todos tenían rostro y sonreían.

Relato de Hipatia

Caminaba por la acera con un paso más firme y decidido del que jamás me hubiera creído capaz. Poco a poco me alejaba del portal número veinte de la Avenida Mayor, donde estaba instalada la empresa que en los últimos seis años se había convertido en mi segundo – que digo, primer- hogar. Allí había pasado horas y más horas entre folios, programas de contabilidad, seguros, hojas de reclamaciones y contratos. En mi mesa de setenta centímetros mi cuerpo había llegado a adoptar una posición que se camuflaba con los muebles: hombros unidos, codos pegados, dedos como ágiles garras sobre el teclado… El sonido del teléfono, el pitido del fax o el timbre de la puerta – con una absurda melodía que recuerda a las comedias de situación extranjeras- habían sido sonidos mucho más familiares para mí que la voz de mi novio Alejandro, de mi amiga de infancia Alba o incluso de mi madre. Seis cumpleaños pasaron en compañía del Director de Marketing, del Jefe de personal, del secretario de Distribución, del chico de la publicidad o del informático que nos limpiaba de virus los ordenadores. Seis cumpleaños sin tarta, sin amigos, sin familia. Dos años había renunciado a parte de mis vacaciones a favor de los malos momentos atravesados por la empresa. Dos años en que entre idas y venidas veía como mis vecinos, conocidos u otros compañeros hacían las maletas y dejaban aquí conmigo el sofocante calor de agosto. Gripe, gastroenteritis, una infección de muelas y el ahora constante dolor de muñeca – dentro de poco este dolor tendrá un nombre asociado a los contables, al igual que sucede con el famoso “codo de tenista”- no impidieron que cada día, acudiese a trabajar. El Paracetamol y el Ibuprofeno se volvieron inseparables en esos malos momentos. Hace ahora un año, repentinamente y sin saber porqué hice una especie de balance de mi vida. Y descubrí que en estos últimos años casi carecía de ella: trabajo- casa; seis días a la semana; a veces el séptimo solo difería en que contestaba a las llamadas o hacía balances en mi domicilio. Nueve horas y media cada día, con diversos aumentos en épocas de apuro. No recordaba el último fin de semana pasado en casa, en pijama y viendo la tele. Tampoco recordaba la última sesión de cine. Las cenas con amigos o con Alejandro se habían espaciado tanto que ya no existían. En mi móvil había más números de proveedores que de amigos. A mí alrededor sin embargo, las cosas habían cambiado notablemente, ante mis ojos pero fuera de mi vista: tres bloques de edificios cercaban el mío, y, centrada en mí trabajo apenas me había dado cuenta de su levantamiento; tampoco conocía a nadie de aquellos que los habitaban. La tienda de ropa de la esquina se había convertido en una cafetería. La dueña de la mercería ya no estaba. La que fue mi vecina del tercero se había mudado, y ahora al parecer nadie vivía sobre mí casa. Mi madre, viuda desde mi primera juventud tenía a alguien a quién yo no conocía. Mi hermana estaba en crisis con su marido. Mi sobrina había pasado de jugar con muñecos a salir de copas. Solo yo seguía igual que hace seis años. Exacta, lastimosamente igual. Mi puesto era el mismo que cuando había llegado a la empresa para hacer unas prácticas; no había ascendido pese a todos mis esfuerzos, renuncias y sacrificios. Mi nómina no había variado nunca. No tenía teléfono de empresa, ni coche o bonificaciones para la comida. Muchos otros empleados lo tenían. Así que hoy había decidido poner fin a todo aquello. Como en aquella película vista en el cine hace más de seis años fui al número veinte de la Avenida Mayor, entré sin titubear, y pedí hablar con un jefe que apenas me había mirado más que cuando necesitaba un favor. Como en aquella película pedí un aumento de sueldo, un teléfono y un portátil para mi uso exclusivo.
Caminando con paso firme me alejo de la Avenida; tuerzo la esquina y pienso en que las cosas no son como en el cine. En aquella película la empleada logra su objetivo y yo camino aceleradamente hacia la oficina del INEM, antes de que ésta cierre sus puertas. Obviamente, no me han concedido ni el aumento ni el teléfono. Tampoco el ordenador. Pero como en aquella otra película, que terminaba con una despedida en un aeropuerto nunca me he sentido con más ganas de empezar una nueva vida.

miércoles 2 de junio de 2010

Relato de Joleyo

Los sueños de Ana transcurren como en aquella película….
Cada día sube las escaleras de su casa. Vive en un cuarto sin ascensor, así es que cuando llega arriba va sin resuello. Aún siendo tan joven, pues solo tiene 10 años, los cuatro pisos la agotan. Es sábado por la tarde, y los sábados toca cine. Para ella el cine es mucho más que un divertimento, es una razón de vida, un reducto de magia que la salva de su realidad. Hoy ha ido a ver ‘El Mago de Hoz’, y viene tarareando las canciones desde que salió de la sala.... “Some where over de rainbow, some where way up high...” A Ana le encantan los musicales porque en ellos todo el mundo parece ¡tan feliz...! Y luego está la vida real, sin música.
Cuando llega a casa encuentra a su madre fregando los platos, está de espaldas, pero percibe un movimiento en sus hombros que resulta familiar, y un leve susurro que ya conoce... Su madre está llorando otra vez. Intenta disimular cuando llega la niña, pero no puede. Ana se acerca lo suficiente para ver que su padre le ha vuelto a pegar. Y Ana se aguanta la rabia, las ganas de odiar, aprieta los dientes y calla...Abraza a su madre y sin palabras le dice: Madre, hay un lugar para ti y para mi más allá del arco iris.... Tiene que haberlo...
Y la vida prosigue en ese barrio, donde la pobreza se instaló sin perspectiva de mudanza, sucio y gris, de escaleras estrechas y portales con olor a orín y lejía, a sudores y a mil guisos.
El tiempo pasa y nuestra chica se hace mayor. Hoy es sábado y va con su primer novio al cine. Como casi todas las parejas se sientan en la última fila, para hacer:
‘Juegos de manos, a la sombra de un cine de verano. Juegos de manos, siempre daban una de romanos’...
Y entre beso y beso tiene tiempo para ver ‘Robin y Marian’. Robin Hood y su prima Marian, convertida en monja, envejecidos y acabados, nos muestran un amor que sobrevive a un mundo que ya no es el suyo, a un pasado que se derrumba a sus pies. Viejos, perdidos y solos, encuentran en su amor la dignidad de los héroes.
Al final de la película, se escucha en los labios de Marian, una de las declaraciones de amor más bellas de la historia del cine: “Te amo. Te amo más que a todo. Más que a los niños. Más que a los campos que planté con mis manos. Más que a la plegaria de la mañana o que a la paz. Más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor o a la alegría o la vida entera. Te amo más que a dios”
Por la noche Ana sueña con esas palabras, y con el deseo de que alguien, alguna vez, le diga algo así, o parecido... ¿Quién no pensó en un amor total a los 18?
Mientras sueña con vivir todo aquello que ve en las películas sigue subiendo al cuarto sin ascensor cada día, cada sábado, y ahí está su madre más cansada, más vieja, más triste.... Y de nuevo comienza la rueda, a soñar para poder vivir, a sentir para poder soñar.... y crecer, y crecer para saber más, llenarse de vida, comérsela a dentelladas, respirar y huir. Entonces llegó Hair..: “When the moon is in the seventh house...” El mundo era pacifista y hippy. El mundo era la revolución, y ella quería vivirla.
Sin embargo, la juventud es un pájaro fugaz que se escapa entre los dedos y Ana se casará y tendrá hijos, y ella y su marido no serán Marian y Robin. Pero había que anclar en alguna estación, había que cumplir las reglas sociales de las que no supimos desprendernos. El divorcio fue inevitable, y la soledad también.
¿Qué es lo que quieres Ana?... Y el cine le respondió:
“Todos queremos más o menos lo mismo: que nos entiendan, que nos quieran, que nos escuchen, que nos cuiden; que la persona que amas sueñe contigo cada noche, estar a su lado y poder llegar a entender lo que nos pasa y porqué hacemos lo que hacemos”.
(‘El pájaro de la felicidad’)
Y así la vida transcurre con gentes que pasan, a ratos se quedan, y luego se van; y el cine que guió a Ana en su peregrinar vital la llevó de la mano hasta el final, hasta el The End de su vida.
Ana se acuesta cansada, hoy es el día de su 82 cumpleaños, y su cuerpo nota el paso del tiempo en los huesos. Cierra los ojos para siempre…Y Ana ya no es Ana, sino una chica delgada y encantadora, sentada en el alfeizar de una ventana con una guitarra, cantando una canción en la forma más dulce que puedas imaginar: “Moon river wider than a mile. I’m crossing you in style some day...”

martes 1 de junio de 2010

Relato de Azul

Cuando compré la nueva cama pensaba en un giro, pero no en éste. Quería una espléndida cama matrimonial que me ensanchase el relax y mejorase la soltería, disfrutándola como recién emancipado con buen sueldo. Deseaba una cama capaz de gritarles BIENVENIDAS A BORDO a todas las chicas de la comarca, como en aquella película, la de Alfie. Era la época de mis sueños de seductor, como en aquella otra película de Woody Allen. Tenía ya la base logística de mi piso, pero necesitaba también un confortable soporte para las mil y una noches de placer sensual que proyectaba. Una cama de ganador, que apostase por mí en la ruleta amatoria, girándomela favorable. Pero no así.

Cada vez que me acompaña la suerte, me despierto del sueño de golpe, con la inquietante sensación de haberse girado 180º la cama, siempre en el sentido de las agujas del reloj, maldita la hora. Aunque ya consigo dominar el desasosiego y no despertar sospechas que las despierten a ellas, sigo viendo muy lejos reconquistar la calma perdida. Peor que no dormir más durante el resto de la noche es comprobar, desorientado, que a la mañana siguiente mi cabeza sigue hacia el cabecero de la cama, que a su vez sigue contra la pared… de enfrente. Y, explicable por lo inexplicable, que ninguna de mis conquistas, despavoridas todas en su huida, quiera repetir cita. A este paso tendré que cambiar de comarca. 
 
O de cama otra vez.

Relato de Hit Girl

Como en aquella película, estrujaba un vaso de whiskey en la mano mientras escuchaba las notas que arrancaba al piano un viejo amigo. El licor y la melodía abrasaban mi garganta y mis oídos, como si hubieran sido destilados en un extraordinario alambique musical por las propias manos de la nostalgia.
Y te recordaba. Recordaba tu lencería fina arrugada a los pies de la cama después de nuestras deliciosamente eternas noches de Alaska, y cómo te despertabas tarde, despeinada, y bajabas corriendo en busca de la cafetera:
No es tarde, es que voy con la hora sueca – me decías siempre muy seria.
Me dolía la cabeza. Un martillo metálico golpeaba incesantemente mi cráneo y para colmo el whiskey empezaba a escasear. Lo que a mí me pareció un ángel, rellenó de nuevo mi vaso y se solidarizó conmigo, con esa sabiduría que sólo se adquiere después de mucho tiempo detrás de una barra:
La fiesta no es para feos, ¿eh, amigo?
Miré alrededor. Todos sonreían y charlaban animosamente. Algunos hasta bailaban, mientras yo añoraba nuestras conversaciones, aquellas en las que arreglábamos el mundo en nuestro particular parlamento pirata, y tus desastrosos intentos en la cocina, con esas recetas campesinas o exóticas que terminaban invariablemente en una llamada al restaurante chino del barrio.
No sé cuántas copas más tomé, perdí la cuenta, y salí arrebatado y a trompicones del local. Fuera esperaba el espacio rallante, las luces y los ruidos de la ciudad que proporcionaron un psicodélico escenario de fondo a esa triste figura, que era la mía, de vuelta a casa.
Derrumbado en el sofá, marqué tu número y cuando contestaste, farfullé algo.
¿De qué… de qué qué vas? – me gritaste medio tartamudeando, como te pasa cuando te pones nerviosa. Y colgaste.
Me sentí como debieron sentirse justo después de la fiebre del oro, o como se debió sentir Rick sin la chica cuando despegó el avión. Supe que no volveríamos a celebrar aniversarios bajo el árbol de Telperion, en cuya corteza grabamos nuestras iniciales, que no seguiríamos por todas partes la gira de aquel grupo de titiriteros, los Freakorama con su espectáculo de sombras chinescas y el teatro de perros, que te encantaba.
Si no hubieras colgado te hubiera dicho, o gruñido, en mi estado, que éramos unos fenómenos juntos, que el whiskey amarga menos en tu boca, y que te echo de menos. Pero colgaste, y yo sólo quería que se parara el mundo, que se parara o lo…
En ese preciso instante, el mundo, sorprendentemente, se paró y fue entonces cuando muy tranquilo y por primera vez en mucho tiempo, sonreí. ¿Sabes por qué? ¡Claro que sí! Porque siempre nos quedarán los estados federados de la fina micronesia.

Relato de Niebla

Como en aquella película que en estos momentos no recuerdo, como aquellas reminiscencias que las películas no evocan. Solo presentes, como la intención del gobierno italiano de privatizar el agua.

No tengo curiosidad por indagar en las condiciones en las que esta se realizará, llámenlo ignorancia, yo me consuelo denominándolo necedad. Y como todo nihilismo y razonamiento lleva implícito un juicio de valor me permito judgar en negativo tal decisión gubernamental.
Puedes caminar para ir al gimnasio, comprar una bicicleta en un centro comercial o cambiar de trabajo si este mismo no se encuentra en tu ciudad. Las evidencias se materializan, y la gasolina y su privatización no inspiran mi opinión.

¿Beberás coca-cola cuando la resaca mañanera amenaza con la deshidratación?, ¿A quién compraremos nuestros destinos revendidos?, ¿Llegará el día en el que las empresas gigantes amenacen con cortar el suministro del aire a los clientes por no pagar sus recibos?. Cosas más extrañas han ocurrido.

Relato de Kenya

COMO EN AQUELLA PELÍCULA en la que el valiente no vence al miedo y las puertas de la percepción se cierran a la perfección y los ojos se quedan abiertos por la luna llena. Y existen muertes de amor que matan al cansancio que arde en bombas de ideologías.
Como en la que hay horror entre humo y aparecen sin rastro asesinatos a la bondad. Donde se estremece la justicia del que paga cuando en la realidad se trata de que “es” para el que paga. Como en la que el poder ahoga y hay baños de sueños y divorcios entre mentiras y órdenes que se acuestan en camas. Donde hay viajes como cuentos dentro de castillos construidos para parar al mundo, donde los adictos se curan de vicios inmortales que sepultan fama.
Todo es, será y fue como en aquella película donde los barcos no entienden del alma, donde no hay autoescuelas para debilitar al entendimiento, donde la tentación de perderse por la belleza infinita está entre el vidrio del castigo impenetrable. Donde el suicidio habla lenguajes sin movimiento, donde la humildad está comprada en ciclos del mesolítico, donde el fin de la humanidad se amortigua en un volcán en erupción de la ilusión.
Como en la que la revolución de la bacteria no recuerda y tiene que tatuarse que la brutalidad caníbal entierra tesoros escondidos en el Amazonas. Como en la que vivir al aire libre tiene el precio hasta de desquiciar a la tristeza. Y descuidar al enemigo que nos persigue por dentro y correr sin una invención que llamaron miedo…
Eso, aquello y lo otro, como en aquella película en la que no hay que buscar techos falsos que escondan despedidas, donde no hay más lágrimas secas desde el cerebro contraído y los músculos se estremecen con un aire que no parece llegar.
Donde los actores llegan desde vientos lejanos y son ángeles que esperan proteger para que la ayuda hacia lo alto continúe para no seguir tumbados.
Donde las aceras fueron indefensas y la transparencia pasó a ser en blanco y negro, donde la acción fue el drama de una sonrisa, donde los murciélagos echaron de menos los altavoces que reían al sonido.
Si, como en la que el mundo se encogió y no dejó al asco tener prejuicios de los calores de huellas hirviendo.

No fue como en la que los desiertos construían el sol y la educación estaba en una cárcel presa de uñas insatisfechas. Tampoco fue como en las mañanas reinventadas ni como cuando el dinero se dejó caer en cataratas ni como cuando los apuros se disfrazaron con máscaras sacadas de una basura perseguida desde siempre. Porque no fue como siempre, como cuando las princesas fueron llamadas por el trono de la locura, ni como un cielo en un cementerio congelado.
Ni como cuando la banda sonora dejó al director destruido por no hacer pactos con pentagramas, ni como cuando los mordiscos comían gotas de aire y el espíritu incoherente nunca escribió cartas a nadie contra la inconsciencia que hace que los productores devoren al mundo.

Relato de la Sombra del Ciprés


En el día en que, por secuestro a la fuerza del corazón, su vida dejó de latir, los médicos diagnosticaron una cardiopatía tan agresiva y en fase tan avanzada que la única posibilidad de supervivencia pasaba por volver a nacer. Ella no tenía por costumbre pedir una segunda opinión, de forma que, a pesar de las enormes dificultades, su decisión definitiva fue la de girar ciento ochenta grados y poner rumbo hacia delante.

Como problema añadido, “debido a unos drásticos y severos recortes que, normativa gubernamental en mano, se están aplicando sobre la afectividad“, el doctor no tenía licencia para expender receta con la que apaciguar los síntomas si no se recurría por la vía del peaje. Nunca profesó mucha fe hacia la Cofradía de la Posesión, por lo que, desprovista como estaba de cuanto pudiera cubrir su alma y con tan solo algunas pocas migajas de orgullo suelto por los bolsillos, no tuvo más remedio que enfrentarse al sol sin analgésico que mermara el tratamiento.

No era la primera vez que un Juez dictaba sentencia de muerte sobre ella y, como en las veces anteriores, su cabeza, aún sabiendo que Teseo no aparecería al rescate con la fianza impuesta, no tardó en empezar a recorrer el frío laberinto de círculos concéntricos que forman las imágenes del naufragio. Instantáneas en las que podía saborear la felicidad, oler la pasión y acariciar la ternura. Imágenes. Imágenes agitadas por el sabor amargo de la duda. Dudas que vienen y van en forma de espiral. ¿Cómo es posible la derrota si él fue el caramelo más dulce? ¿Cómo pudo llegar el hambre si nunca antes nadie le ofreció tan generosa porción de amor? ¡Si él es dinamita hecha sin Nitrógeno ni Tolueno!

Siempre pensó que una derrota ni es sinónimo de fracaso ni debería conllevar la caducidad, pero en realidad esas cosas de fechas nunca las llevó muy bien. Él nunca paró de sacar nuevos trucos de su chistera, aunque, quizás sin saberlo, al fondo guardaba una sorpresa final. La ilusión de ella se erosionaba con cada campanada de año viejo al comprobar la corta longevidad de su débil corazón. Comprendió que casi nunca las cosas duran para siempre y en su lista de deseos por cumplir aprendió un nuevo paso que decía como el Tango, “No me quieras tanto, quiéreme mejor”. Cosas de la vida, giró todo tan deprisa que la sorpresa se acabó volviendo contra él.

La segunda vez que certificaron su muerte, la causa no dejaba lugar a dudas, "igual no profundizó tanto como pretendía, a lo peor resbaló ya en el exterior".

Las subastas esta vez sí que pujaron por su vida y los tres mazazos irradiaron una nueva ilusión, pero esta vez ya no era como antes, no hay seguros a todo riesgo que sufraguen el dolor. La franquicia de las penas y el aliento de la soledad y desorientación, la abrigaron con nuevas cicatrices. Las dudas sin resolver volvieron con las crecidas de una nueva inundación. En sus peores y más bajos momentos dudaba sobre su incompatibilidad con el amor. En todas las partidas, las cartas marcadas eran los mismos temores sobre dejarse llevar y las rutinas que comprende la felicidad. Nunca estuvo tan segura de una cosa, "todavía no sé donde estoy", solía gritar.

Como en aquella película en la que el bueno no es tan bueno y los malos no lo son tanto, repetir muchas veces las mismas preguntas tiene el peligro de obtener una respuesta y al final, como siempre la ha pasado, sus lágrimas volvieron a mezclarse entre sus manos, como pequeñas gotas de lluvia.